
La reciente decisión del Gobierno de España de avanzar hacia la prohibición del uso de redes sociales en menores de 16 años marca un antes y un después en la relación entre infancia, adolescencia y tecnología. No se trata únicamente de una medida legal: es el reconocimiento institucional de que las redes sociales llegaron a nuestras casas sin manual de instrucciones y con consecuencias que hoy ya no podemos ignorar.
Durante años, nuestros hijos han ido creciendo rodeados de redes sociales pensadas para adultos, espacios donde todo es inmediato, donde la comparación es constante y las emociones se viven a gran intensidad. Han aprendido a moverse en ese mundo sin una preparación previa, sin una educación digital clara y, en muchas ocasiones, sin el acompañamiento necesario por parte de los adultos. Ahora que se plantea la prohibición de las redes sociales a los menores, surge una pregunta inevitable en muchas casas: ¿qué pasa en aquellas familias donde las redes ya forman parte del día a día de nuestros hijos?
Prohibir no va a equivaler automáticamente a educar. En muchas familias, la retirada de las redes sociales no se vivirá como una medida de protección, sino como una pérdida: del contacto con los amigos, de una parte, de la identidad y de la sensación de pertenecer al grupo. Esto probablemente generará más discusiones en casa, llevará a algunos menores a utilizar la tecnología a escondidas y aumentará el malestar emocional, especialmente en aquellos adolescentes más sensibles o vulnerables.
La experiencia clínica y educativa demuestra que, cuando no hay acompañamiento, el problema no desaparece: se desplaza. Cambia de forma, se oculta y se vuelve más difícil de abordar. Por ello, esta medida nos sitúa ante un nuevo escenario educativo: ya no es suficiente con poner límites; es necesario enseñar a vivir sin aquello que durante años ha formado parte del día a día.
Esta medida del Gobierno abre una nueva etapa que interpela de forma directa a toda la comunidad educativa y social. No es un desafío exclusivo de los menores, sino una responsabilidad compartida que alcanza a las familias, a los centros educativos, a los profesionales de la salud y de la educación.
Las familias se encuentran ahora ante la necesidad de adquirir nuevas herramientas que les permitan sostener el enfado y la frustración de sus hijos, ofrecer alternativas reales y significativas al tiempo de pantalla y reforzar el vínculo familiar sin caer en dinámicas de control excesivo o confrontación constante. Acompañar este proceso exige presencia, coherencia y un modelo adulto que ayude a los menores a regular lo que sienten en un contexto de cambio.
En el ámbito educativo, los docentes se enfrentan a aulas donde la atención está cada vez más fragmentada, la tolerancia a la frustración es menor y las habilidades sociales presenciales necesitan ser reconstruidas. La retirada de las redes no elimina estas dificultades; al contrario, las hace más visibles y exige respuestas pedagógicas adaptadas a una generación que ha crecido en entornos digitales intensivos.
Desde el ámbito sanitario y psicológico observamos un aumento de consultas relacionadas con ansiedad, irritabilidad, problemas de autoestima y dificultades en la regulación emocional, tanto vinculadas al uso de las redes como, ahora, a su retirada. Esto confirma que no estamos solo ante un cambio normativo, sino ante un proceso de ajuste emocional y educativo que requiere acompañamiento profesional.
Este contexto pone de manifiesto una realidad incuestionable: necesitamos formación específica y actualizada. No únicamente dirigida a los menores, sino, sobre todo, a los adultos que los acompañan y educan. La prevención eficaz comienza en quienes ponen los límites, explican las normas y sostienen las emociones que aparecen cuando esas normas generan malestar.
Es imprescindible formar en desarrollo emocional y neuropsicológico, en el uso responsable y progresivo de la tecnología, en el establecimiento de límites saludables, en una comunicación familiar eficaz y en la prevención antes de la adolescencia. Solo desde este enfoque es posible transformar la prohibición en una oportunidad educativa real.
La prohibición sin formación genera conflicto. La prohibición acompañada de formación genera crecimiento.
Un compromiso desde el ámbito sanitario
Desde el Hospital La Salud, y en concreto desde su unidad especializada en infancia, adolescencia y familias, asumimos que este nuevo escenario exige una respuesta clara, rigurosa y cercana. Por ello, ponemos en marcha un programa de formación y crecimiento personal denominado TU FAMILIA ERES TÚ, dirigido a familias, docentes y profesionales, con el objetivo de convertir este cambio normativo en una oportunidad para fortalecer el desarrollo emocional y educativo de niños y adolescentes.
Porque educar hoy no consiste solo en proteger del riesgo, sino en preparar para el futuro. Las redes sociales no educan; la educación sigue siendo una tarea humana. Y, en este nuevo reto digital, la familia sigue siendo —más que nunca— el principal espacio de aprendizaje.
David de Cubas García
Psicólogo Clínico