El viernes 15 de mayo nos reunimos en el hall de la quinta planta para celebrar la eucaristía de la Pascua y el Día del Enfermo. A la celebración acudieron las Hermanas de la Caridad de Santa Ana, el equipo directivo del Hospital, el equipo de enfermería, pacientes y familiares.
Con esta celebración, el Hospital rinde un pequeño homenaje al equipo de enfermería que, cada día, cuida con amor y detalle a cada paciente. Teniendo como referente a la Madre Ràfols, nuestro equipo sabe que cuidar y sanar no es solo administrar tratamientos y hacer un seguimiento médico. El cuidado también reside en las palabras, en un gesto como coger de la mano y en preguntar de forma genuina al paciente: “¿Cómo se encuentra?”. Nuestros compañeros de enfermería son el claro ejemplo de lo que hace especial a nuestro hospital.
La Pascua del Enfermo tiene un significado muy profundo: es un tiempo de recuerdo y oración por los enfermos, de agradecimiento a los profesionales sanitarios, de colaboración con las familias y de fomento de la Pastoral en el hospital.

La misa tuvo un carácter muy emotivo y cercano, ya que el equipo de Pastoral del hospital acompañó la ceremonia con guitarras y canciones. Además, la celebración se cerró con el himno a la Virgen de los Desamparados, cuya festividad coincidió también esa misma semana.
Uno de los momentos más conmovedores de la eucaristía fue la administración del sacramento de la Unción de Enfermos, el cual recibieron con devoción todos los asistentes que así lo decidieron.
Lejos de la antigua creencia de que este signo sacramental está reservado exclusivamente para los momentos finales de la vida, la Unción de los Enfermos es, en realidad, un sacramento de curación, consuelo y esperanza. Es un regalo de Dios que ayuda a sanar y purificar el espíritu de quien lo recibe, pidiendo al Señor por la salud del cuerpo, del alma y del espíritu de aquel cristiano que atraviesa una enfermedad grave, una operación delicada o la fragilidad de la vejez.
La propia Iglesia lo define como una gracia de paz y ánimo para vencer las dificultades propias de la enfermedad. De hecho, el Catecismo (CEC 1520) nos recuerda que esta asistencia del Señor busca “conducir al enfermo a la curación del alma, pero también a la del cuerpo, si tal es la voluntad de Dios”.
Durante la celebración, siguiendo el rito sagrado, el sacerdote ungió con aceite consagrado la frente y las palmas de las manos de los fieles, pronunciando las palabras de confortación y perdón. Al vivirlo de una manera comunitaria en nuestro hospital, el sacramento cobró un sentido aún más profundo: recordar a nuestros pacientes y mayores que no están solos en su debilidad, y que la fuerza del Espíritu Santo los acompaña y conforta en cada paso de su proceso.