

Lectura del santo Evangelio según San Juan 1, 29-34
En aquel tiempo, al ver Juan a Jesús que venía hacia él, exclamó:
«Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Este es aquel de quien yo dije: “Tras de mí viene un hombre que está por delante de mí, porque existía antes que yo”. Yo no lo conocía, pero he salido a bautizar con agua, para que sea manifestado a Israel».
Y Juan dio testimonio diciendo:
«He contemplado al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma, y se posó sobre él.
Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo:
“Aquel sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ese es el que bautiza con Espíritu Santo”.
Y yo lo he visto y he dado testimonio de que este es el Hijo de Dios».
Este es un domingo de transición que, de alguna manera, se recrea un poco en el mensaje del domingo pasado, quizás para señalar con más fuerza la importancia de lo que significan los comienzos de la vida pública de Jesús. Es verdad que históricamente nos hubiera gustado saber día a día lo que Jesús pudo hacer y sentir desde su nacimiento. Pero esta es una batalla de curiosidad perdida; también el silencio y el misterio, desde Nazaret hasta que se decide a salir de su pueblo, debe maravillarnos como una posibilidad del proyecto de Dios en el que no ocurre nada extraordinario, porque lo extraordinario es que Dios aprende a ser hombre.
En ese anonimato de treinta años, la Divinidad no tiene prisa; se deja moldear por el tiempo, por el trabajo manual y por el lenguaje de los hombres. Por eso, cuando Juan el Bautista lo ve acercarse al Jordán, no señala a un extraño que acaba de aparecer de la nada, sino a alguien que trae consigo todo el peso y la densidad de nuestra realidad cotidiana. Al decir «Este es el Cordero de Dios», Juan desvela que el tiempo del silencio ha dado su fruto: el Dios que aprendió a ser hombre está ahora listo para ser el hombre que entrega a Dios.
El descenso del Espíritu en forma de paloma no es, por tanto, un adorno externo, sino la confirmación de una plenitud. Jesús no recibe el Espíritu para sí mismo, sino para convertirlo en un don derramable. El texto nos invita a entender que el Bautismo en el Espíritu no es un evento mágico que nos saca de nuestra humanidad, sino la fuerza que nos permite vivir lo humano con la profundidad de lo divino. Si Jesús necesitó de la maduración en el silencio para manifestar la gloria de Dios, nosotros estamos invitados a redescubrir que nuestra propia vida ordinaria es el taller donde el Espíritu está trabajando, preparándonos para nuestra propia misión de ser testigos de la Luz.